Todos se quedaron paralizados.
Entonces se volvió hacia nuestra hija de diecisiete años y añadió algo tan cruel que ella rompió a llorar.
—Si tu madre se hubiera cuidado mejor, quizá yo no habría necesitado buscarme a otra mujer.
Lo miré fijamente, incapaz de respirar.
Pero lo que sucedió después fue algo que mi esposo jamás habría podido imaginar.
Me llamo Helen. Tengo cuarenta y seis años.
Cuando me casé con Richard, tenía veintiocho años, estaba llena de sueños y profundamente enamorada.
En aquel entonces, me llamaba hermosa. Me traía flores, me tomaba de la mano en público y me prometía que envejeceríamos juntos.
Los primeros insultos comenzaron después de que naciera nuestro hijo, Daniel.
Había engordado unos diez kilos durante el embarazo.
Richard empezó a compararme con otras mujeres.
—Mira a la esposa de Mark. Solo han pasado tres meses desde que dio a luz y ya está estupenda.