Y, especialmente, al anciano capitán al que al principio nadie había querido escuchar.
Porque la edad no convierte a una persona en alguien inútil.
A veces son precisamente los años vividos, la experiencia acumulada y la capacidad de reconocer el peligro lo que permite salvar las vidas de otras personas.
Y Johan recibió una recompensa que para él valía más que cualquier medalla: su hijo volvió a mirarlo con respeto y su nieta comprendió que su abuelo no era simplemente un anciano con bastón, sino una persona con la que siempre podía contar.