No prometió mansiones.
No habló de matrimonio.
No ofreció millones.
Porque finalmente había comprendido que algunas cosas
no se compraban.
—Llegué demasiado
tarde para cumplir la promesa que te hice cuando tenía dieciocho años —dijo—. Pero quizá todavía no sea demasiado tarde para empezara cumplir las que haga desde hoy.
Mariana lo observó durante mucho tiempo.
Después miró a Sofía.
La niña corría detrás de una mariposa, riendo bajo el mismo sol que semanas atrás la había visto caminar cargando bolsas junto a su madre.
Mariana respiró profundamente.
—Puedes empezar mañana.
Alejandro sonrió.
—¿A qué hora?
—A las siete.
—Estaré aquí.
Ella levantó una ceja.
—No llegues tarde.
Alejandro miró la vieja casa, el camino de tierra y a la hija que había descubierto veintiséis años después de perder al amor desu vida.