
Adam asintió.
Aquella tarde disputó su primer combate y perdió por puntos.
Después regresó al vestuario, se cambió de ropa y se marchó discretamente.
Al principio, nadie le dio demasiada importancia.
Pero cuando los deportistas se reunieron para subir a los autobuses, Adam no estaba.
Su entrenador lo llamó.
No respondió.
Michael lo intentó varias veces.
Su teléfono estaba apagado.
Buscaron por todo el recinto y por las calles cercanas, pero no consiguieron encontrarlo.
Finalmente, Michael se puso en contacto con la madre de Adam.
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Sarah tenía cuarenta y seis años y había ingresado en el hospital varios días antes.
—¿Adam no está con ustedes? —preguntó.
—No. Pensábamos que quizá había ido a verla.
Hubo una pausa.
—Me llamó hace un rato —dijo Sarah—. Me dijo que ya no me preocupara por el dinero. Dijo que él se encargaría de todo.