A las 3:12 de la madrugada estaba vendada de pies a cabeza en la UCI cuando la amante de mi esposo entró y sonrió: “¿Todavía sigues viva?”. Tenía tres costillas fracturadas y apenas podía respirar, pero no grité. Solo la miré en silencio. Horas después, mi esposo llegó con 5 millones y una condición relacionada con nuestro hijo que convirtió aquella golpiza en algo todavía peor.

PARTE 1

—¿Todavía sigues viva?

Eran las 3:12 de la madrugada cuando Renata Salgado entró a terapia intensiva como si fuera a una cena de gala.

Yo estaba inmóvil bajo las luces blancas del hospital: tres costillas fracturadas, el bazo lesionado y una hemorragia cerebral que, según los médicos, pudo haberme matado.

Renata llevaba tacones de diseñador, bolso de lujo y una sonrisa que me revolvió el estómago.

—Deberías darme las gracias, Valeria —dijo, acercándose a mi cama—. Fuiste la esposa de Alejandro Cárdenas durante tres años. Una muchacha criada en una casa hogar jamás habría llegado tan lejos sin él.

No respondí.

Cada respiración me atravesaba las costillas como una navaja.

Renata se inclinó hacia mí.

—Lo de anoche fue idea mía. Le dije que ya estaba cansada de que presumieras a Mateo como si fueras la gran señora Cárdenas. Alejandro solo hizo lo necesario para ponerte en tu lugar.

Algo dentro de mí se rompió definitivamente.

La noche anterior, Alejandro había regresado borracho a nuestra casa en Las Lomas. Renata estaba con él.

Ella lloró, aseguró que yo había publicado fotos de nuestro hijo para humillarla y recordarle que ella nunca había logrado convertirse en su esposa.

Alejandro ni siquiera me preguntó qué había pasado.

Llamó a dos hombres de seguridad.

—Que aprenda a respetar.

Eso fue todo.

Desperté horas después en un quirófano.

Renata esperaba verme destruida, pero cuando notó que no lloraba, perdió la paciencia.

—Alejandro siempre me ha amado.

—Tal vez —murmuré—. Pero se casó conmigo porque tú lo agotabas.

Su sonrisa desapareció.

—¿Qué dijiste?

—Que él no me eligió porque me amara. Me eligió porque yo no gritaba, no reclamaba, no amenazaba con dejarlo. Yo era cómoda. Tú eras el problema del que quería descansar.

La bofetada abrió de nuevo la herida de mi labio.

Cuando las enfermeras entraron, Renata ya estaba llorando.

—Perdón… solo vine a verla. Sé que todo esto es culpa mía porque Alejandro nunca dejó de amarme.

Actuaba tan bien que casi habría podido creerle.

Horas después apareció Alejandro con un ramo de rosas blancas.

Las mismas que utilizó cuando me pidió matrimonio.

—Vale, lo de anoche fue un error —dijo—. Había bebido demasiado.

Un error.

Tres costillas rotas eran un error.

—Ya firmé el divorcio —respondí—. No tienes que fingir.

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