Abracé a mi esposo y rompí a llorar.
Durante dieciocho años había esperado que alguien me llamara mamá.
Y gracias a aquella pequeña, finalmente comprendí que dar a luz no es la única manera de convertirse en madre.
Nunca podríamos recuperar los años que habíamos perdido.
Pero finalmente teníamos la familia con la que habíamos soñado durante tanto tiempo.
Y lo más importante de todo era que, por fin, ya no había secretos en nuestro hogar.