—Y yo soy tu madre —dijo—. No tu cuenta bancaria.
Marcus bajó la mirada.
Chloe cruzó los brazos.
—Nadie está diciendo eso.
Eleanor la miró con calma.
—Todavía.
La conversación terminó poco después, no porque hubiera quedado resuelta, sino porque Eleanor tomó la decisión que había escrito en su libreta aquella madrugada.
Encontrar un hogar.
Ya lo había encontrado.
Ahora tenía que irse.
Subió a la habitación que Chloe seguía llamando de visitas y abrió el clóset.
No había mucho que empacar.
Dos años antes había vendido casi todo lo que pertenecía a la vida que había compartido con Arthur.
Conservaba ropa, fotografías, algunos libros, la Biblia y una caja pequeña con objetos que nadie más habría considerado importantes.
Marcus apareció en la puerta.
—No tienes que mudarte hoy.
Eleanor siguió doblando una blusa.