Eso era todo.
No había explicación.
No había despedida.
Y tampoco había un padre esperando por su hijo.
Tom tomó una decisión que no estaba preparado para tomar
Tom tenía apenas 28 años.
Era soltero, trabajaba como mecánico y ganaba 19 dólares por hora. No tenía una casa enorme, ni ahorros suficientes, ni experiencia criando niños.
Pero cuando vio a Marcus sentado solo en aquella casa, entendió que no podía abandonarlo también.
Lo abrazó.
—No sé exactamente cómo vamos a hacer esto —le dijo—, pero no voy a dejarte solo.
Aquella promesa terminó convirtiéndose en una vida entera.
Tom inició los trámites para convertirse legalmente en el padre de Marcus.