—Tu padre dice que lo pescó él —bromeó Fabián—. Pero fui yo.
Daniel se rio.
—Yo solo sujeté la red.
Por primera vez en décadas, nos sentamos juntos y compartimos recuerdos. Todavía había preguntas dolorosas, resentimientos sin resolver y años de separación que jamás podrían deshacerse. Pero, por fin, éramos capaces de hablar con sinceridad.
Había perdido treinta y un años con mi hijo por culpa del miedo, las mentiras y las decisiones de personas que creían saber qué era lo mejor para nosotros. No podía cambiar el pasado, pero sí podía elegir lo que sucedería a partir de entonces.
Al mirar a Fabián, comprendí que encontrarlo no era el final de nuestra historia. Era el comienzo de una nueva.
Y esta vez, la construiríamos juntos, una conversación a la vez.