Mi nombre aparecía en una carta de recomendación escrita por Samuel.
No como beneficiaria automática.
Sino como la primera persona a la que quería que el comité invitara a presentar una solicitud.
—No puedo aceptar algo así —susurré—. Yo le di diez dólares. No le salvé la vida.
Richard me miró con serenidad.
—Samuel sabía que diría algo parecido. Por eso dejó instrucciones muy claras. Usted no le debe nada. Si decide solicitar la ayuda, será evaluada de acuerdo con las normas de la fundación. Si no lo hace, nadie la presionará.
Miré la fotografía del hombre que había conocido bajo la lluvia.
En ella, Samuel aparecía unos años antes de morir, vestido con una camisa sencilla y sonriendo frente a un grupo de voluntarios.
Parecía tranquilo.
Parecía alguien que había encontrado una razón para quedarse.