Capítulo 2: La mesa que no estaba preparada para veinte invitados
Mi suegra seguía mirando el comedor como si hubiera entrado en la casa equivocada.
Las veinte personas que había invitado estaban detrás de ella, esperando encontrar una mesa enorme llena de comida.
Pero no había nada de eso.
La mesa seguía exactamente como la había planeado desde el principio.
Doce lugares.
Doce platos.
Doce copas.
Y doce tarjetas con nombres cuidadosamente colocadas frente a cada silla.
Mi suegra señaló la mesa.
—¿Dónde están los otros lugares?
Me encogí de hombros.
—No hay otros.
—¿Qué quieres decir con que no hay otros?
—Que preparé la cena para los invitados que invité.
Su rostro se puso rojo.
—¡Pero yo te dije que vendrían más personas!
—No.
—¿Cómo que no?
—Nunca me lo dijiste.
Mi marido apareció detrás de ella.
—Mamá, quizá podamos arreglarlo.
Lo miré.
—¿Arreglar qué?
Él bajó la voz.
—Hay veinte personas que necesitan comer.
—Lo sé.
Mi suegra sonrió, pensando que finalmente estaba cediendo.
Pero entonces continué:
—Por eso preparé una solución.
Señalé una pequeña mesa plegable ubicada junto a la cocina.
Encima había veinte cajas perfectamente cerradas.
Mi suegra frunció el ceño.
—¿Qué es eso?
—Comida para llevar.
El silencio fue absoluto.
Algunos invitados se miraron entre sí.
—¿Comida para llevar? —repitió mi suegra.
—Sí.
—¿Nos estás diciendo que comamos en cajas?
—No. Les estoy diciendo que estas son las comidas que preparé para las veinte personas que yo no invité.
Mi marido me miró sorprendido.
—¿Compraste comida para ellos?
—Claro.
Mi suegra sonrió de nuevo.
—Sabía que podía contar contigo.
—No exactamente.
Abrí una de las cajas.
Dentro había un sándwich, una ensalada, una botella de agua y una pequeña porción de pastel.
Mi suegra la miró.
—¿Eso es todo?
—Es lo que se puede servir a veinte personas que fueron añadidas a una cena sin avisar.
Uno de los primos de mi marido bajó la cabeza para ocultar una sonrisa.
Mi suegra lo vio.
—¿Te parece gracioso?
—No, tía.
Pero su expresión decía otra cosa.
Entonces mi suegra se volvió hacia mí.
—Esta es mi familia.
—Y esta es mi casa.
Sus ojos se abrieron.
Había utilizado exactamente las palabras que ella me había dicho el año anterior.