Y una tarjeta.
Solo tenía cuatro palabras:
«No confíes en nadie.»
Debajo había una dirección.
Reconocí el lugar.
Era la casa de mi suegro.
Pero había algo más.
Un nombre escrito a mano.
Samuel Ortega.
El mismo hombre que había visto en el funeral.
El hombre de la cicatriz.
El hombre que, según Lily, conocía a su padre.
Me quedé mirando el nombre.
Entonces mi teléfono comenzó a vibrar.
Número desconocido.
Contesté.
—¿Sí?
Una voz masculina respondió.
—Por fin tienes la llave.
Sentí que todo mi cuerpo se tensaba.
—¿Quién es usted?
—Alguien que le prometió a tu marido que protegería a Lily.
—¿Qué quiere?
Hubo un breve silencio.
—Quiero que dejes de investigar sola.
—¿Por qué?
—Porque tu marido no murió por accidente.
Sentí que las piernas me fallaban.
Miré a Lily.
Ella estaba observándome.