—La denuncia incluye pruebas aparentemente obtenidas de tu propia computadora. Y hay algo más.
—¿Qué cosa?
—La persona que presentó la denuncia no fue tu esposo.
Miré hacia la pantalla congelada.
Vanessa seguía sonriendo.
—¿Entonces quién fue?
Mi comandante guardó silencio unos segundos.
—Rebecca… la denuncia lleva la firma de tu madre.
Sentí que el suelo desaparecía bajo mis pies.
Mi madre había fallecido hacía once años.
Y, sin embargo, alguien acababa de utilizar su identidad para destruirme.
El teléfono seguía pegado a mi oreja, pero durante un segundo no oí la calle ni la radio de la ambulancia. Solo la frase de mi comandante, repetida por dentro con la voz de una casa que yo había cerrado hacía once años.
Mi madre había muerto en marzo, en una habitación de hospital con las cortinas a medio correr. Yo tenía el uniforme todavía nuevo y una licencia de tres días que no alcanzó para aprender a vivir sin su letra. Guardé su partida de defunción en una caja de zapatos, junto con una foto en la que reía con la boca abierta. Nadie que la hubiera conocido podía firmar con su nombre y pretender que seguía aquí.