Una fotografía podía guardarse en un álbum familiar y conservarse durante décadas.
Alguien podía abrir ese álbum años más tarde y ver a personas que habían cambiado drásticamente, o a personas que ya habían fallecido.
Por tanto, la fotografía se convertía en algo más que una simple imagen.
Se transformaba en una pieza de la historia familiar.
No era necesario estar constantemente conectado.
La comunicación era otra gran diferencia.
No existía la mensajería instantánea.
Ni los chats de grupo.
Ni los muros de redes sociales.
Ni las videollamadas desde cualquier parte del mundo.
Si querías hablar con alguien que vivía lejos, podías llamarle por teléfono fijo o escribirle una carta.
Las cartas podían tardar días en llegar.
Las conversaciones telefónicas podían resultar relativamente costosas, dependiendo de la distancia y las circunstancias.