Madeline dejó el lápiz y se acercó a mí.
—¿Y si tenemos un hermanito?
Le aparté el cabello de la frente.
—Si ese bebé nace, no tendrá ninguna culpa de lo que hayan hecho los adultos. Merecerá que lo quieran y lo cuiden, igual que vosotras.
Mi hija pareció tranquilizarse.
Yo, en cambio, estaba a punto de descubrir que el asunto del bebé era mucho más complicado de lo que Preston imaginaba.
- La llamada que destruyó la seguridad de Preston
A las 5:03, contesté finalmente el teléfono.
—¿Qué quieres, Preston?
Al otro lado escuché una respiración agitada.
—Necesito que vuelvas.
Cerré los ojos un instante.
—¿Para qué?
—Brielle está en el hospital.
Me incorporé.
—¿Está bien?
—Los médicos dicen que está estable. Pero ha habido un problema con las fechas del embarazo. Lena, el bebé podría no ser mío.
No sentí satisfacción.
Tampoco alegría.
Solo una extraña sensación de distancia, como si estuviera escuchando los problemas de alguien a quien había conocido hacía mucho tiempo.
—¿Y qué quieres que haga yo?
—No sé. Necesito hablar con alguien que me conozca de verdad.
Casi me reí.
—Preston, hace unas horas me dijiste que me llevara a nuestras hijas porque tenías un hijo en camino. ¿Recuerdas tus palabras?
Guardó silencio.
—Lo dije porque estaba emocionado.
—No. Lo dijiste porque creías que habías encontrado una familia mejor que la que ya tenías.
—Lena, por favor…
—Escúchame. No voy a volver para ayudarte a resolver las consecuencias de una decisión que tomaste conscientemente.
—Pero seguimos siendo una familia.
Miré a mis hijas.
—Éramos una familia. Tú decidiste que ya no querías formar parte de ella.
Colgué.
No porque quisiera castigarlo.
Sino porque, por primera vez en once años, tenía algo más importante que atender: mi propia tranquilidad y la seguridad emocional de mis hijas.
Sin embargo, antes de guardar el teléfono, llegó otro mensaje.
Esta vez no era de Preston.
Era de Margaret Hale, su madre.
«Lena, necesitamos hablar. Hay algo sobre Brielle que debes saber. Tu exmarido no te ha contado toda la verdad».
Me quedé mirando la pantalla.
Margaret nunca había sido especialmente cariñosa conmigo. Durante años había hecho comentarios sobre mi carrera militar, mis ausencias y mi incapacidad para organizar mi vida alrededor de las necesidades de su hijo.
¿Por qué me contactaba ahora?
Respondí con una sola frase:
«Si tiene información importante, envíemela por escrito».
La respuesta llegó dos minutos después.