No dejaba de mirar su reloj. Entonces me preguntó:
—¿Cuándo vuelve tu padre?
—Probablemente esta tarde. ¿Por qué?
—Por nada.
Unos minutos después, apagó la televisión de repente. Su expresión era tan seria que instintivamente me enderecé en la silla.
—Emily, ya eres una mujer adulta. Creo que ha llegado el momento de que sepas algo.
—¿Qué cosa?
Se acercó a la ventana y cerró las cortinas. Después caminó hasta la puerta y la cerró con llave.
Mi corazón empezó a latir con fuerza.
—Tío Richard, ¿por qué estás cerrando la puerta?
Se volvió hacia mí.
—Para que nadie entre inesperadamente.
—¿Quién va a entrar? Estamos solos.
Permaneció en silencio durante unos instantes. Entonces pronunció unas palabras que jamás olvidaré.
—Voy a mostrarte algo. Pero prométeme que no se lo contarás a nadie. Especialmente a tu padre.
Me quedé paralizada.