Pero suspendieron y revisaron cuidadosamente la medicación.
En las siguientes cuarenta y ocho horas, papá estuvo mucho más alerta.
Respondió preguntas.
Recordó fechas.
Explicó sus propiedades.
Describió sus cuentas.
Recordó el nombre del maestro que tuve en cuarto grado.
—Odiabas matemáticas —me dijo.
—Sigo odiándolas.
La neuropsicóloga sonrió.
No declaró que fuera un hombre perfectamente sano.
Tenía setenta y nueve años.
Presentaba algunos cambios leves propios de la edad.
Pero los resultados iniciales no respaldaban la historia de una demencia avanzada que lo volviera incapaz de reconocer personas o administrar decisiones básicas.
Entonces entregué las fotografías.
No como prueba médica.
Como contexto.
Fechas.
Mensajes codificados.
Semanas enteras en las que papá había sido capaz de planificar, recordar nuestro sistema y comunicarse de forma consistente.
También entregamos fotografías de sus muñecas.
Papá explicó que se había provocado parte de las marcas al intentar mantenerse despierto y al forcejear con la puerta cuando lo encerraban.