PARTE 1
—Tu hermano atropelló a un hombre y se dio a la fuga. Si no dices que tú manejabas, me voy a aventar de la azotea y tendrás mi muerte sobre tu conciencia.
Escuché a mi madre llorar al otro lado del teléfono. Cerré los ojos, respiré profundamente y respondí con una tranquilidad que hasta a mí me sorprendió:
—Entonces aviéntate, mamá. Porque esta vez no voy a salvarlo.
Colgué.
A la mañana siguiente, dos policías llegaron a mi departamento buscándome por un delito que jamás había cometido.
Me llamo Valeria Hernández, tengo veintisiete años y vivo en Querétaro. Durante toda mi vida hubo tres llamadas de mi madre que cambiaron mi destino. Las tres tenían algo en común: siempre debía sacrificarme por mi hermano menor, Daniel.
La primera llegó cuando conseguí mi empleo como auxiliar administrativa. Ganaba seis mil pesos por quincena y apenas me alcanzaba para pagar renta, transporte y comida.