DURANTE OCHO FINES DE SEMANA, MI HIJO DE 16 AÑOS ME DIJO QUE DORMÍA EN CASA DE SU MEJOR AMIGO. A LAS 4:37 DE LA MADRUGADA REGRESÓ CON LOS BRAZOS LLENOS DE QUEMADURAS. CUANDO DESCUBRÍ LO QUE HABÍA ESTADO HACIENDO, NO PUDE DEJAR DE LLORAR.

Durante ocho fines de semana, mi hijo me dijo que se quedaba a dormir en casa de su mejor amigo.

Y durante esos mismos ocho fines de semana, su mejor amigo le dijo exactamente lo mismo a su madre.

Ninguna de las dos sospechó nada.

Hasta que una madrugada, a las cuatro y treinta y siete, mi hijo entró por la puerta de nuestra casa con los brazos cubiertos de quemaduras.

Tenía harina en el cabello.

Había adelgazado.

Y estaba tan cansado que apenas podía mantenerse de pie.

Yo estaba preparada para regañarlo.

Había pasado toda la noche imaginando las peores cosas.

Pero cuando lo vi bajo la luz del pasillo, todas las palabras que había preparado desaparecieron.

Porque mi hijo no parecía un adolescente que hubiera pasado la noche divirtiéndose.

Parecía un hombre que llevaba demasiado tiempo cargando un peso que nunca debió pertenecerle.

Y cuando finalmente me explicó por qué había estado mintiéndome, comprendí que la historia no era solamente sobre él.

También era sobre mí.

Me llamo Verónica Salgado.

Soy madre soltera de un muchacho de dieciséis años llamado Mateo.

Vivimos en las afueras de Puebla, en una casa pequeña donde siempre he intentado que no falte comida, tranquilidad ni alguien dispuesto a escuchar.

Mateo es mi único hijo.

Desde que era pequeño ha sido tranquilo, cariñoso y bastante reservado.

Nunca fue de meterse en problemas.

Le gustaba jugar futbol, andar en bicicleta y pasar horas con su mejor amigo, Emiliano.
s enteras esperando a nuestros hijos afuera de la escuela.

Por eso, cuando Mateo me decía que iba a quedarse en casa de Emiliano, nunca tenía motivos para desconfiar.

Y cuando Emiliano decía que dormiría en nuestra casa, Teresa tampoco sospechaba nada.

Éramos dos madres que creíamos conocer perfectamente la vida de nuestros hijos.

Hasta aquel sábado.

Todo comenzó alrededor de las nueve de la mañana.

Yo estaba preparando café cuando sonó mi teléfono.Era Teresa.

Contesté con normalidad.

—Buenos días, Tere. ¿Cómo estás?

Pero su voz sonaba extraña.

—Vero, necesito preguntarte algo.

—Dime.

—¿A qué hora va a regresar Emiliano?

Fruncí el ceño.

—¿Regresar de dónde?

—De tu casa.

Me quedé inmóvil.

—Teresa, Mateo está contigo desde ayer.

Hubo un silencio.

Pensé que no me había escuchado.

—¿Tere?

Entonces respondió:

—Verónica, Emiliano no ha dormido en mi casa los últimos fines de semana.

Sentí que el estómago se me cerraba.

—¿Cómo que no?

—Me dice que está con Mateo.

—Y Mateo me dice que está contigo.

Ninguna habló durante varios segundos.

Después Teresa preguntó:

—¿Desde cuándo?

Miré el calendario que tenía pegado junto al refrigerador.

Comenzamos a contar.

Un fin de semana.

Dos.

Tres.

Seguimos retrocediendo.

Cuando llegamos al octavo, dejamos de hablar.

Ocho fines de semana.

Dos meses completos.Era Teresa.

Contesté con normalidad.

—Buenos días, Tere. ¿Cómo estás?

Pero su voz sonaba extraña.

—Vero, necesito preguntarte algo.

—Dime.

—¿A qué hora va a regresar Emiliano?

Fruncí el ceño.

—¿Regresar de dónde?

—De tu casa.

Me quedé inmóvil.

—Teresa, Mateo está contigo desde ayer.

Hubo un silencio.

Pensé que no me había escuchado.

—¿Tere?

Entonces respondió:

—Verónica, Emiliano no ha dormido en mi casa los últimos fines de semana.

Sentí que el estómago se me cerraba.

—¿Cómo que no?

—Me dice que está con Mateo.

—Y Mateo me dice que está contigo.

Ninguna habló durante varios segundos.

Después Teresa preguntó:

—¿Desde cuándo?

Miré el calendario que tenía pegado junto al refrigerador.

Comenzamos a contar.

Un fin de semana.

Dos.

Tres.

Seguimos retrocediendo.

Cuando llegamos al octavo, dejamos de hablar.

Ocho fines de semana.

Dos meses completos.Nuestros hijos llevaban ocho fines de semana mintiéndonos a las dos.

Llamé inmediatamente a Mateo.

El teléfono mandó a buzón.

Volví a llamar.

Nada.

Abrí nuestra conversación.

Su último mensaje había llegado la noche anterior, poco después de las nueve.

«Mamá, ya cenamos. Pedimos pizza. No me esperes despierta. Te quiero».

Le escribí:

«Mateo, ya sé que no estás en casa de Emiliano. Llámame ahora mismo».

El mensaje se entregó.

Pero no lo leyó.

Teresa seguía al teléfono.

Y entonces dijo algo que nunca olvidaré.

—Vero, ¿y si les pasó algo?

—No digas eso.

—Pero no sabemos dónde están.

—Vamos a encontrarlos.

Intenté sonar tranquila.

No lo estaba.

Durante las siguientes horas llamamos a todos los amigos que pudimos recordar.

Compañeros del equipo de futbol.

Muchachos de la escuela.

Un primo de Emiliano.

Una jovencita con la que Mateo había estado intercambiando mensajes.
Nadie sabía dónde estaban.

O al menos nadie quiso decirnos.

Uno de los compañeros respondió algo que me dejó helada.

—Señora, creo que Mateo y Emiliano andan haciendo algo.

—¿Qué cosa?

—No sé bien.

—¿Dónde están?

—De verdad no sé, señora.

Después terminó la llamada.

Teresa salió en su automóvil.

Recorrió las canchas.

El parque.

La plaza comercial.

La terminal de autobuses.

Y varios lugares donde nuestros hijos acostumbraban reunirse.

Yo llamé a hospitales y pregunté si habían recibido a dos adolescentes con sus características.

No obtuve ninguna respuesta que nos ayudara.

El miedo comenzó a transformarse en desesperación.

Al mediodía ya no podía comer.

Por la tarde tenía las manos temblando.

Y cuando llegó la noche, sentí que el aire de la casa se había vuelto demasiado pesado.

Teresa llegó poco después de la medianoche.Se sentó frente a mí en la mesa de la cocina.

Dejamos los teléfonos sobre la superficie.

Con el volumen al máximo.

La luz principal permaneció encendida.

No sé por qué.

Supongo que cuando una madre tiene miedo de recibir una mala noticia, hasta apagar una lámpara parece una decisión imposible.

Teresa se frotó el rostro.

—Verónica, ¿Mateo ha estado comportándose diferente?

Quise responder que no.

Pero entonces comencé a recordar.

Durante los últimos dos meses, Mateo había regresado agotado todos los domingos.

Algunas tardes se quedaba dormido en el sillón antes de las seis.

Otras veces apenas terminaba de comer y se encerraba en su habitación.

También había comenzado a bañarse inmediatamente después de llegar.

Ni siquiera dejaba sus tenis junto a la puerta.

Entraba directo al baño.

Y había dejado de contarme qué hacía con Emiliano.Antes me hablaba de los partidos.

De los videojuegos.

De las películas que veían.

Pero últimamente respondía con frases cortas.

«Nada, mamá».

«Lo de siempre».

«Estuvimos platicando».

Yo había pensado que era normal.

Tenía dieciséis años.

Creí que simplemente estaba creciendo y necesitaba más privacidad.

—Ha estado muy cansado —admití.

Teresa me miró.

—Emiliano también.

Sentí un escalofrío.

—Pensé que era por la escuela.

Ella bajó la cabeza.

—Yo también.

Entre la medianoche y las cuatro de la mañana intentamos tranquilizarnos por turnos.

Una decía que seguramente estaban en una fiesta.

La otra asentía.

Después imaginábamos que quizá habían salido de viaje con algún compañero.

O que se habían quedado sin batería.

O que estaban haciendo alguna tontería propia de su edad.

Pero ninguna explicación nos convencía.

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