El chico tatuado que pidió quince euros y terminó cambiándome la vida.

se marcharía con sus quince euros.

Pero Álvaro no trabajó así.Iba despacio, fila por fila, con una paciencia que hacía tiempo que no veía. No corría. No hacía como que trabajaba. Cuando el cortacésped se atascaba, se agachaba, quitaba la hierba enganchada, tiraba de la cuerda y seguía.

Sin móvil.

Sin quejas.

Sin malas caras.

Al rato, no pude seguir mirándolo desde dentro como una vieja desconfiada.

Preparé un vaso grande de agua fresca, un poco de zumo y dos bocadillitos pequeños. Salí al jardín.

—Álvaro, para un momento y bebe algo.

Él apagó enseguida el cortacésped y se enderezó preocupado.

—¿He hecho algo mal? ¿Hay alguna parte que no le guste?

—No —le dije—. Estás trabajando muy bien. Pero no eres una máquina.

Cogió el vaso con las dos manos.

—Gracias, señora.

Bebió en silencio, casi con vergüenza. De cerca no parecía peligroso.

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