El científico del Vaticano midió el cuerpo de Carlo y salió destruido por la verdad

Las hojas de mi protocolo seguían sobre la mesa: perfectas, numeradas, exhaustivas. Y, sin embargo, ningún apartado ofrecía una casilla digna para lo

que estaba ocurriendo en esa sala. Cuando algo no cabe en el formulario, el forense no inventa mística; redobla la verificación hasta destruir la anomalía o quedar destruido por ella.

Yo intenté destruirla mediante el método, la repetición y una terquedad casi arrogante. Pero ocurrió lo peor: mi distancia interior falló. Al mirar el rostro del muchacho exhumado, por primera vez en décadas de oficio, no vi solo materia sometida al tiempo. Vi una pregunta mirándome de vuelta.

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