—Vete a tu cuarto, hijo.
Santiago no se movió.
—¿Van a regresar?
Mateo abrió la boca, pero fui yo quien respondió.
—No lo sabemos.
El niño me sostuvo la mirada.
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—Eso no significa que no tengan miedo.
No supe qué contestar.
Mateo sí.
—Significa que esta noche vas a dormir cerca de mí.
Santiago asintió y se levantó.
Antes de salir de la cocina volvió por la cuerda cortada, la tomó con dos dedos y la dejó frente a su padre.
—No la tires.
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Luego desapareció por el pasillo.
Mateo observó aquella cuerda durante varios segundos.
—Laura decía exactamente eso —murmuró.
—¿Qué cosa?
—Que nunca tirara algo antes de entender por qué se había roto.
Aquella fue la primera vez que habló de su esposa sin hacerlo como quien toca una herida.
No insistí.
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Sacamos una libreta y empezamos a ordenar lo ocurrido.
Primero, la alfalfa húmeda.