Lo invitábamos a todas nuestras celebraciones.
Tenía una llave de nuestra casa.
Había estado presente cuando nació nuestra hija.
Y ella lo llamaba tío desde que aprendió a hablar.
Por eso, cuando comenzó a llevarla a sus clases de ballet, jamás imaginé que algún día terminaría sospechando de él.
Pero una madre puede llegar a imaginar cosas terribles cuando su hija deja de sonreír, comienza a esconder secretos y llora detrás de una puerta cerrada.
Me llamo Verónica, tengo cuarenta y cuatro años y vivo con mi esposo, Mauricio, y nuestra hija de dieciséis años, Camila, en una colonia tranquila de Querétaro.
Camila siempre fue una niña alegre.
Desde pequeña tenía una energía que parecía no agotarse nunca.
Bailaba mientras se cepillaba los dientes.
Daba vueltas cuando esperaba el desayuno.