El policía humilló a un abuelo en el parque sin saber que acababa de esposar al hombre más intocable del país.
—¿No sabe leer? —escupió el agente, arrancándole el periódico de las manos—. Aquí no se sienta gente como usted.
Ochenta personas se quedaron congeladas.
Una madre tapó los ojos de su hija.
Pero la niña ya había visto demasiado.
El agente Sergio Molina tiró el periódico al suelo, agarró a don Manuel Rivas por el cuello de la camisa y lo empujó contra la banca de piedra.
—Levántese. Último aviso.
Don Manuel no gritó.
No insultó.
Ni siquiera levantó la voz.
—Agente, solo estoy esperando a mi esposa.
Sergio sonrió con desprecio.
—Me da igual si está esperando al rey. Se va ahora o se viene conmigo esposado.
Don Manuel, de sesenta y dos años, respiró despacio.
Llevaba un chaleco gris, pantalón de vestir sencillo y unos zapatos negrosbien