Vio cómo Sergio se quedó blanco.
Y supo que aquello no era un error normal.
Ramos dudó tres segundos.
Tres segundos que luego recordaría durante años.
Después abrió el portátil y borró la alerta local.
Lo que ninguno entendió fue que la alerta ya se había enviado.
El servidor federal la guardó en el mismo instante en que apareció.
Cada clic quedó registrado.
Cada intento de borrado.
Cada segundo.
Borrar una pantalla no borra la verdad.
Solo añade otro delito.
Llevaron a don Manuel a una celda gris.
Le quitaron sus pertenencias.
Sergio se quedó con su móvil en el bolsillo en vez de registrarlo como correspondía.
Otro error.
Otra prueba.
La puerta de la celda se cerró.
Don Manuel se sentó en el banco metálico, cerró los ojos y empezó a contar.
No por miedo.
Por precisión.
Afuera, Marta sacó su teléfono y escribió notas.