—Usted puso una bolsa en mi coche. Me miró a los ojos mientras yo gritaba que no era mía. Pasé ocho meses encerrado. Perdí mi trabajo. Perdí la custodia de mi hija. Todo para que usted cumpliera una cuota.
Sergio no pudo sostenerle la mirada.
María habló después.
—Me esposó delante de mis hijos en la puerta del colegio. Mi niña tenía seis años. Todavía se despierta gritando por las noches. Usted no solo me humilló a mí. Le robó la tranquilidad a mis hijos.
Luis levantó la camisa y mostró una cicatriz.
—Me rompió un riñón con la porra estando esposado. No puedo volver a trabajar como antes. Mi familia se endeudó por una operación que nunca debí necesitar.
Jaime Murillo dio un paso al frente.
—Serví a mi país. Volví con una pierna dañada y una medalla. Usted me llamó basura. Me tuvo treinta y seis horas en una celda sin cargos. El inspector firmó que todo fue correcto.