—Lo dijiste.
Ethan miró sus piernas.
—Estaba equivocado.
—Sí.
—Pero tú tampoco sabías si volvería a hacerlo.
—No.
—Y aun así dijiste que todo estaría bien.
Negué.
—No exactamente.
Me miró.
—¿Qué dijiste?
Sonreí.
—Que me ocuparía de todo lo demás.
Ethan permaneció callado.
Después dejó la fregona contra la pared.
—Lo hiciste.
Negué nuevamente.
—No.
—Papá…
—Escúchame. Ortega hizo su trabajo. Elena tuvo el valor de grabar. Marcus te operó. Los fisioterapeutas te ayudaron. Tu madre estuvo contigo cada día. Tú hiciste la rehabilitación.
Lo miré.
—Yo solo fui tu padre.
Ethan sonrió.
—Exactamente.
Aquello me hizo callar.
Terminamos el suelo.
Apagué las luces del vestíbulo.
Cuando salimos, Ethan caminaba delante de mí.
Sin muletas.
Sin silla.
Sin que nadie tuviera que sujetarlo.
Todavía tenía una pequeña cojera.
Quizá siempre la tendría.
Pero cada paso era suyo.