Amelia bajó la mirada hacia la fotografía.
“Alguien que pudo haber contribuido a mantener a un hombre inocente en prisión”.
Karen cerró los ojos.
—Declararé —dijo antes de que Amelia pudiera preguntar—. Debería haberlo hecho hace años.
Amelia dejó escapar el aire que había estado conteniendo.
“Tenías miedo.”
Karen se secó la mejilla. “Esa niña también lo era. Aun así, lo contó”.
Esa frase persiguió a Amelia durante todo el camino de regreso a la ciudad.
Cuando llegó a la prisión, el crepúsculo ya se cernía sobre el horizonte, tiñéndolo de púrpura. Había llamado con antelación para solicitar una reunión urgente con Mitchell, pero al entrar en su despacho, lo encontró de pie junto a la ventana, con el abrigo puesto.
“Tenemos a Reed”, dijo.
Mitchell se giró.
Amelia le habló a Karen Vale. La coartada falsa. La llamada anónima. La voz que identificó como la de Reed.