—No te acerques todavía.
Michael se detuvo.
Ellen avanzó despacio hasta la cocina y tomó la silla junto a mí.
—Tu papá quería que me quedara arriba —dijo.
Yo la miré.
—No exactamente.
—Bueno, yo quería quedarme arriba —corrigió—. Pero después pensé que si otra vez dejo que alguien hable por mí, no aprendí nada.
Michael parecía más joven sentado frente a nosotros.
Por un instante vi al niño que había llevado de la mano a su primer día de escuela.
Después recordé la mano adulta cerrándose sobre el brazo de Ellen.
Las dos imágenes podían existir al mismo tiempo.
Ese era el problema.
—Mamá, lo siento —dijo.
Ellen no respondió enseguida.
—¿Qué sientes?
Michael abrió la boca y volvió a cerrarla.
—Siento haberte agarrado.
Ella esperó.
—Siento haberte empujado.
Ellen siguió esperando.
—Y siento haberte dejado ahí.