Ahora mis mañanas estaban llenas de una paz y calma absolutas.
Sentada en el porche de nuestra nueva casa en West Seattle, con una taza de café caliente en la mano, no se parecía en nada a una casa de campo —jamás había soñado con suelos de mármol ni escaleras señoriales—, pero era sólida, acogedora y estaba situada en una colina con vistas al estrecho de Puget Sound. Abajo, se oían los suaves y reconfortantes sonidos de mis hijas levantándose.
Maya, quien había soportado una quimioterapia agotadora y cirugías extenuantes durante los últimos dos años, estaba en la cocina preparando el desayuno. Su cabello comenzaba a crecer de nuevo, formando suaves rizos castaños. La palidez grisácea que había marcado su piel durante su enfermedad había desaparecido, reemplazada por una tez radiante. Su hermana, Chloe, se rió mientras miraba algo en su teléfono al poner la mesa.