En el bosque entendí que mi desaparición no era un accidente: frente a mí había una fosa y alguien observaba oculto. Uno dijo: «Para tu familia estás descansando unos días en la costa». No grité; protegí al desconocido y, al escapar, llamé a la Guardia Civil. Entonces apareció el mensaje de las 6:12, confirmado por mi propio hijo.

Podía marcharse.

Nadie sabría que había estado allí.

Sin embargo, observó a aquella mujer protegiendo su escondite mientras ella misma estaba aterrorizada.

Miró al suelo.

Había una piedra grande junto a su zapatilla.

Adrián la tomó.

Se incorporó lentamente.

Y salió de entre los árboles.

—¡Eh!

Los 2 hombres se giraron.

Adrián lanzó la piedra contra la chapa de la furgoneta, provocando un estruendo, y echó a correr en dirección contraria.

Uno de ellos salió detrás de él.

El otro soltó durante unos segundos a Elena.

Fue suficiente.

Ella cayó, rodó por la pendiente y consiguió esconderse entre unos matorrales mientras Adrián corría hacia la carretera gritando para llamar la atención de cualquiera que pudiera escucharlo.

Lo que ninguno sabía era que, a pocos kilómetros, una patrulla de la Guardia Civil acababa de recibir una llamada.

Y cuando Elena pudo contar lo sucedido, pronunció el nombre de Sergio.

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