“Pero somos tu familia.”
Casi me reí.
“Hace 10 minutos papá me llamó fracasada delante de casi 300 personas.”
“Estaba tomado.”
“Y tú te reíste.”
Su cara cambió.
“Fue una situación incómoda.”
“Para mí.”
“Para todos.”
Ahí estaba.
Incluso entonces, todavía no podía verlo.
Todo tenía que girar alrededor de ellos.
Mi padre respiró profundo.
“Está bien.”
Su voz se volvió repentinamente suave.
“Cometimos errores.”
Santiago me miró.
Sabía perfectamente lo que venía.
“Valeria, hija.”
No recordaba cuándo había sido la última vez que mi padre me había llamado así.
“Debiste confiar en nosotros.”
“No.”
“Podemos empezar de nuevo.”
“¿Por qué?”
“Porque somos familia.”
“Hace 10 minutos dijiste que nadie podría quererme.”
Mi padre miró incómodamente a Santiago.
“Evidentemente estaba equivocado.”
Aquella frase me confirmó todo.
No lamentaba haberme humillado.
Lamentaba haberse equivocado sobre mi valor social.
“Eso es exactamente lo que necesitaba escuchar.”