En la boda de casi 5 millones de pesos de mi hermana, mi padre derramó una copa de vino tinto sobre mi vestido frente a casi 300 invitados y dijo: “Mírate. Siempre encuentras una forma de avergonzarnos”. Mi madre se rio. Mi hermana también. Todos esperaban que saliera corriendo a llorar. En cambio, saqué mi teléfono e hice una sola llamada. Minutos después, 4 hombres de traje oscuro entraron al salón y se colocaron junto a las puertas. Mi padre todavía sonreía… hasta que vio quién caminaba detrás de ellos.

“¿Están listos los contratos?”

“Sí.”

“Entonces autorizo.”

“¿Con la estructura 60-40?”

“55-45. No quiero que los fundadores pierdan el control operativo durante los primeros 18 meses.”

Hubo una breve pausa.

“Entendido, directora.”

Colgué.

Cuando levanté la vista, mi madre me observaba.

“¿Qué fue eso?”

“Trabajo.”

“¿Qué clase de trabajo administrativo autoriza operaciones de 6,400 millones?”

No respondí.

Ernesto Alcázar sí.

Me estaba mirando con una expresión completamente nueva.

“Valeria Montemayor.”

Asentí.

“Altamira Capital.”

Mi padre giró.

“¿Qué?”

Ernesto parecía no creer lo que estaba viendo.

“Ella dirige estrategia en Altamira.”

Nicolás levantó la cabeza.

“¿La misma Altamira que compró parte del corredor industrial del norte?”

“Sí.”

Ernesto me miró.

“Su firma está detrás de algunas de las operaciones privadas más grandes del país.”

Mi madre negó lentamente.

“No.”

“Sí.”

“Valeria trabaja en una oficina.”

“Claro que trabajo en una oficina.”

“Me dijiste que eras empleada.”

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