Vi a Ernesto palidecer.
“¿Ese no es Santiago Valdés?”
Nicolás giró de inmediato.
“¿Qué?”
“Valdés Global.”
Otra persona se levantó.
Alguien sacó discretamente su teléfono.
Mi padre miró hacia la entrada.
No reconoció a Santiago.
Ernesto sí.
Cruzó el salón casi corriendo.
“Señor Valdés.”
Extendió ambas manos.
“Qué sorpresa. No sabía que estaría aquí. Ernesto Alcázar. Hemos estado intentando coordinar una reunión con su equipo.”
Santiago ni siquiera se detuvo.
Pasó junto a él.
Sus ojos estaban puestos en mí.
Cuando vio mi vestido, frenó.
Su mandíbula se tensó.
Llegó hasta mí y preguntó en voz baja:
“¿Quién hizo esto?”
“Después.”
Se quitó el saco y lo colocó sobre mis hombros.
Luego me besó suavemente en la frente.
“Perdón por llegar tarde, amor.”
El silencio fue brutal.
Mi madre abrió la boca.
Renata dejó caer su copa.