Álvaro comenzó a llorar.
No fue una escena bonita ni redentora. Fue un hombre enfrentándose, demasiado tarde, a una versión de sí mismo que llevaba años evitando.
—Yo te admiraba —dijo—. Y al mismo tiempo te envidiaba. Cada vez que te iba bien sentía que demostrabas lo poco que era yo.
—Eso nunca lo hice yo.
—Lo sé.
—Y aun así me castigaste por ello.
Él asintió.
Dos semanas después, firmaron un acuerdo provisional de separación. Álvaro alquiló un piso en Majadahonda y comenzó terapia individual. Valeria no lo premió por hacerlo ni lo tomó como una promesa de reconciliación. Lo consideró lo mínimo que debía hacer si quería ser un padre emocionalmente responsable.
Mercedes reaccionó peor.
Envió mensajes a familiares diciendo que Valeria estaba destruyendo una familia “por un vestido”. Algunos la creyeron. Otros llamaron a Valeria para preguntarle qué había ocurrido realmente.