6 meses después, el divorcio estaba en marcha y la relación entre Valeria y Álvaro había adquirido una forma distinta. Hablaban únicamente de su hijo, de horarios médicos y de cómo organizarían la crianza. Álvaro había enviado todas las rectificaciones de su proyecto y cerrado la empresa antes de aceptar más dinero de terceros.
Mercedes no tenía llave.
Tampoco tenía acceso libre al bebé.
Valeria y Álvaro acordaron que cualquier visita sería pactada previamente y que no tolerarían comentarios sobre quién “mandaba”, quién pagaba o a quién pertenecía el niño.
Cuando nació Mateo, Álvaro estuvo en el hospital. Sostuvo al bebé con lágrimas en los ojos y no intentó acercarse a Valeria más de lo que ella permitió.
—Gracias por dejarme estar —dijo.
—Eres su padre —respondió ella—. Pero ser padre no te convierte en dueño de nadie.