Simplemente la depositó en la papelera.
—Durante media vida pensé que el miedo era hereditario —dijo.
Adrián se acercó.
—¿Y ahora?
Elena puso una mano sobre su vientre.
—Ahora sé que también se aprende a romperlo.
La niña se movió.
Elena soltó una pequeña carcajada y tomó la mano de Adrián para colocarla sobre el lugar exacto.
Otra patada.
Los 2 quedaron en silencio.
Meses después nació Lucía.
Cuando Elena la sostuvo por primera vez, no pensó en Álvaro.
Ni en Gonzalo.
Ni en Beatriz.
Pensó en una niña de 11 años encerrada en una habitación, convencida de que proteger a su familia significaba guardar silencio.
Besó la frente de su hija.
—Tú nunca vas a deberle silencio a nadie.
Adrián escuchó aquellas palabras desde su lado de la cama.
No dijo nada.
No hacía falta.
Años después, las cicatrices de Elena continuaban visibles. Ya no las ocultaba bajo vestidos cerrados ni inventaba excusas en verano. Algunas personas miraban demasiado. Otras preguntaban.