—Diles que fue un accidente —exigió—. Sabes todo lo que he conseguido. Sabes cuántas vidas salvo.
Elena apretó la barandilla.
—También sé lo que me hiciste.
El rostro de Álvaro cambió.
—Entonces pregúntale a papá por qué conservaba tus informes.
Adrián frunció el ceño.
Álvaro sonrió por primera vez.
—¿De verdad crees que yo era el único secreto de nuestra familia?
PARTE 3
Aquella misma noche regresaron a Barcelona.
Elena apenas habló durante el vuelo. La frase de Álvaro había abierto una puerta que llevaba años cerrada. No sabía qué significaban aquellos “informes”, pero recordaba vagamente a su padre entrando en su habitación con una cámara antigua, preguntándole dónde le dolía y ordenándole que se quedara quieta.
Gonzalo Valdés no era médico. Era empresario, presidente durante décadas de una fundación sanitaria privada que financiaba investigación, becas y tratamientos para familias con pocos recursos. Al menos, esa era la versión pública.
En las fotografías de prensa aparecía siempre junto a Beatriz, su esposa, impecablemente vestida, sonriendo en cenas benéficas y subastas.
La familia perfecta.
El hijo brillante.
La hija discreta.
Adrián contrató un despacho forense externo, pero dejó algo claro desde el principio:
—No quiero una investigación para hundir a tu familia. Quiero saber qué pasó. Si aparece algo relacionado contigo, tú decides qué hacer.
Elena asintió.
Aquella diferencia parecía pequeña, pero para ella lo cambiaba todo.
Durante su infancia nadie le había permitido elegir.
2 semanas después llegó el primer informe.
No contenía solamente documentos sobre Elena.
Había facturas.
Transferencias.
Historias clínicas.
Donaciones.
El problema comenzó con 14 pacientes operados por Álvaro durante los últimos 4 años. Todos eran personas de gran patrimonio. Todos habían recibido diagnósticos neurológicos complejos. Y 9 de ellos habían hecho donaciones extraordinarias a la Fundación Valdés pocas semanas después de sus intervenciones.
Eso podía ser una coincidencia.
Hasta que 3 especialistas independientes revisaron las pruebas previas.
En varios casos, la necesidad de cirugía era, como mínimo, muy discutible.
En otros, las imágenes no parecían justificar una intervención tan agresiva.
Elena leyó el informe 2 veces.
—¿Estás diciendo que operaba a personas que quizá no necesitaban ser operadas?
—Estoy diciendo que hay indicios suficientes para que lo investiguen médicos y fiscales —respondió Adrián—. Nada más. No vamos a convertir sospechas en hechos porque eso sería hacer exactamente lo que tu familia hacía contigo: decidir la verdad antes de escucharla.