—No exageres, Camila. Fue una broma.
Sentí que algo dentro de mí se rompía.
Durante años había creído que Rodrigo era un padre estricto, pero cariñoso. Yo trabajaba como supervisora administrativa y muchas tardes Camila se quedaba con Teresa después de la escuela.
Cada vez que yo preguntaba cómo había estado, recibía la misma respuesta.
—Muy bien, mamá.
Aquella tarde entendí que quizá esas dos palabras escondían mucho más.
Caminé directamente hacia ella.
—Camila, ven conmigo.
Rodrigo se puso de pie.
—Laura, no hagas un escándalo.
—¿Un escándalo?
Miré la mejilla de mi hija.
—¿Esto te parece normal?
Teresa cruzó los brazos.
—La niña necesita aprender respeto. Tú la has consentido demasiado.
Camila apretó mi mano con tanta fuerza que sentí sus uñas.
—Mamá… vámonos.
Esas dos palabras bastaron.
Tomé su mochila y salimos.