—Mamá, ya basta —murmuró Rodrigo—. Camila no entiende nada de eso.
Mi suegra golpeó la carpeta contra la mesa.
—¡Pues más le vale que siga sin entender! Porque si Laura descubre lo que pasó con el dinero de su padre, nos quedamos sin nada.
Sentí un escalofrío.
Mi padre.
¿De qué dinero estaban hablando?
Mi papá, Ernesto Salazar, había muerto hacía seis años, después de una larga enfermedad.
Durante sus últimos meses de vida, Rodrigo había sido quien lo acompañaba al banco, recogía sus medicamentos y lo ayudaba con los trámites.
Yo siempre le había agradecido aquello.
Incluso llegué a decirle que jamás olvidaría lo bueno que había sido con mi padre.
Ahora, escuchando aquel video, comencé a preguntarme si había confundido la bondad con algo mucho más oscuro.
Teresa abrió la carpeta.
—Tu abuelo dejó dinero para ti, Camila. Pero ese dinero lo estamos administrando nosotros. Y si tu madre se entera, va a querer quitárnoslo.