O, al menos, eso creía.
Alrededor de la medianoche, oí pasos en el pasillo.
A la 1:15 de la madrugada, alguien se detuvo frente a mi habitación.
El pomo de la puerta comenzó a girar.
Contuve la respiración.
Unos segundos después, los pasos se alejaron.
No conseguía dormir.
A las 2:40 de la madrugada, oí a mi abuelo hablando por teléfono.
Su voz sonaba extrañamente tensa.
—Todo está preparado —dijo.
Hizo una pausa.
—Sí, está aquí.
Otra pausa.
—No. Todavía no lo sabe.
Entonces pronunció la frase que me heló la sangre.
—Después de esta noche, ya no habrá vuelta atrás.
Me incorporé de golpe.
¿Con quién estaba hablando?
¿Qué se suponía que iba a suceder?
Busqué mi teléfono.
La batería estaba casi agotada.
Antes de que pudiera llamar a alguien, la puerta de mi habitación se abrió lentamente.