La ambulancia se llevó a mi madre esa noche; al día siguiente regresé a su departamento y mi suegra ya estaba instalándose como si fuera suyo. “No desperdicies una casa vacía”, me dijo mientras movía sus pertenencias. Yo no la eché ni discutí: hice una llamada de menos de dos minutos y, horas después, empezó su verdadero problema.

—Yo voy.

—No, digo… quedarse unos días.

Dejé la taza sobre la mesa.

—¿Quién?

Raúl comenzó a mirar hacia cualquier lugar menos hacia mí.

—Mi mamá anda mal de los bronquios. Dice que en su colonia hay mucho polvo, ruido, contaminación… y allá, junto al parque, se respira mejor.

No pude creerlo.

—¿Tu mamá quiere irse a vivir al departamento de mi mamá mientras ella está hospitalizada?

—¡No vivir! Nada más descansar. Además, podría limpiar.

—No.

—Mariana…

—No. Es la casa de mi mamá, no un hotel.

Raúl hizo esa cara infantil que ponía cuando no conseguía lo que quería y se encerró a hablar por teléfono.

El domingo visité a mi mamá. Ya estaba mejor y hasta se quejaba de la comida del hospital.

—Mañana, cuando salgas del trabajo, pásate por mi casa —me pidió—. Tráeme la novela que está junto a mi cama y una carpeta azul donde guardo los recibos.

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