La Caída de Mariana Reveló un Secreto Que Nadie Esperaba en el Juzgado-aurelle

—Lo sé.

—Y no quiero que vengas bajo la lluvia.

Teresa soltó una risa quebrada.

—Sigues mandándome que ahorre el taxi.

—Porque sigues gastando en mí cuando no debes.

Esa vez Mariana sí sonrió un poco.

Colgó.

El juez permanecía sentado.

Ya no parecía la figura de autoridad que había recibido expedientes toda la mañana.

Parecía un hombre intentando calcular treinta y dos años con una sola respiración.

—Yo la busqué —dijo finalmente—. A Teresa.

Mariana no respondió.

—Durante un tiempo. Después me dijeron que se había ido y que no quería contacto. Fui cobarde. Acepté esa explicación porque era más fácil que seguir preguntando.

Mariana sostuvo su mirada.

—Entonces los dos dejaron que otros decidieran por ustedes.

Él asintió.

No se defendió.

Eso importó más que cualquier explicación larga.

—No voy a pedirle que me llame padre —dijo—. Ni hoy ni después. Solo quisiera tener la oportunidad de saber quién es usted, si algún día me la permite.

Leave a Reply

Your email address will not be published. Required fields are marked *