Mariana agradeció que, al menos en eso, se comportara primero como el hombre responsable de una decisión y no como alguien intentando apropiarse de una hija recién descubierta.
Diego estaba de pie al otro lado de la sala.
Había llegado convencido de que ese día volvería a reducir todo a una discusión de divorcio, dinero y versiones contradictorias sobre la caída.
Ahora parecía no saber dónde poner las manos.
Paulina tampoco decía nada.
Desde que Mariana había regresado al juzgado, seguía sosteniendo que el empujón había sido un movimiento malinterpretado, una reacción de segundos, algo que todos estaban exagerando por el embarazo.
Andrés permanecía cerca de la puerta con la carpeta azul que Renata le había confiado días antes.
Ya no estaba empapada.
Había separado cada hoja, protegido las más dañadas y guardado las copias sin modificar una sola página.