Los siguientes catorce días fueron una obra maestra de actuación. Desayunábamos juntos. Comentábamos el colegio de Mia. Yo elegía telas para una casa en Tribeca mientras él me besaba la frente antes de irse al despacho. Jessica venía dos veces a tomar café. Una mañana incluso me abrazó en la cocina y me dijo que la notaba cansada, que debería irme un fin de semana a un spa. Sentí sus manos sobre mis hombros y entendí algo terrible: algunas personas pueden tocarte con ternura mientras te vacían la vida por dentro.
Noah hizo su trabajo rápido y limpio. En menos de una semana me entregó fotografías de Liam entrando en The Pierre con Jessica en tres noches distintas. Había imágenes del vestíbulo, del ascensor, de una mesa en un restaurante de Midtown donde él le acariciaba la muñeca con la familiaridad de una rutina. Pero las fotos no fueron lo peor. Lo peor fue el patrón. No era una aventura caótica. Era una relación sostenida, regular, instalada. Once meses. Casi un año. Habían celebrado cumpleaños, hecho escapadas y pasado fines de semana completos mientras yo pensaba que Jessica estaba con clientes o que Liam seguía en reuniones.