Cada mañana, antes de bajar al metro rumbo a la oficina, Sarah tenía una rutina que la acompañó durante casi dos años: comprar dos cafés en el puesto contiguo a la estación. Uno con crema, para ella. Otro solo, para Larry, el hombre que siempre estaba sentado en la vereda con la espalda apoyada contra la pared.
Larry nunca le pidió dinero. Simplemente conversaban. A veces del clima, otras de las palomas, y en más de una ocasión él se dio el lujo de burlarse de los tacos que ella usaba para trabajar, asegurando que parecían «diseñados por alguien que odiaba los pies humanos». Esa complicidad diaria, breve y sincera, terminó convirtiéndose en algo más profundo de lo que Sarah imaginaba.
Un cartel que lo cambió todo
Aquel martes, Larry no lucía como siempre. Su piel tenía un tono amarillento y sus manos temblaban al recibir el café caliente. Sobre sus rodillas descansaba un pedazo de cartón con un mensaje escrito en grandes letras negras: