Aquella carta pasó diez años en manos equivocadas.
Después llegó a mí.
Y finalmente llegó a la persona para quien, de alguna manera, también había sido escrita.
Nuestra vida no se convirtió en una familia perfecta.
Mi nieto siguió viviendo conmigo.
Su padre fue ganando espacio poco a poco, a la velocidad que el niño permitía.
Hubo preguntas incómodas.
Hubo días en que mi nieto quería verlo y otros en que prefería quedarse conmigo viendo un partido.
Hubo momentos en que su padre tuvo que aceptar que amar a un hijo que acababa de conocer también significaba respetar los vínculos que ese hijo ya tenía.
Y hubo momentos en los que yo tuve que aceptar que abrirle una puerta no significaba que alguien fuera a reemplazarme.
Una mañana de domingo, casi un año después de aquella visita al cementerio, preparé hot cakes como siempre.