Alejandro comprendió que estaba comprobando qué ocurría.
Fingió estar destruido.
—Solo ha sido un día difícil.
—Voy a verte.
—No hace falta.
—Somos familia.
Ricardo apareció poco después con una botella bajo el brazo.
Entró sonriendo.
Pero sus ojos recorrían cada pasillo.
Buscaban algo.
En el despacho vio sobre la mesa el dibujo que Lucía había entregado a Alejandro.
Se acercó.
—¿Qué es esto?
—No lo toques.
Alejandro contestó demasiado rápido.
Ricardo lo miró.
Después volvió a observar el dibujo.
La niña.
El muchacho.
El perro café.
—Parece bastante reciente —comentó.
—Era de Emiliano. Estaba guardado.
Ricardo fingió creerlo.
Antes de marcharse hizo una última pregunta.
—Me dijeron que contrataste
a una nueva empleada. Rosa, ¿verdad?
Alejandro sintió un escalofrío.
—Sí.
—Y tiene una hija.
Silencio.
—Una niña de unos doce años.
Ya lo sabía.