La historia de Samuel y Susana: cómo cuidar a una vecina moribunda le devolvió el derecho a vivir

Cuando Roberto la acusó de desheredarlos por un asilo, ella respondió con serenidad que para desheredar habría tenido primero que haber pensado en dejarles algo. Y añadió una frase que definió todo: «Ustedes son mis parientes. Samuel se comportó como mi familia.»

La última conversación
Una noche, mientras Samuel volvía a hablar de Ana, Susana le tomó la mano y le dijo algo que lo detuvo: seguía intentando salvar a su hermana con cada medicamento, con cada vigilia nocturna, con cada revisión de su respiración. Le recordó que había cometido un error con el que tendría que vivir, pero que si convertía el resto de su existencia en un castigo, perdería dos vidas en lugar de una.

En su última noche, Susana le pidió algo distinto: que le contara qué haría al día siguiente. Samuel, entre lágrimas, inventó un futuro en voz alta. Le dijo que saldría más de casa, que quizá viajaría, que llamaría a un viejo amigo al que había evitado por años, que intentaría vivir sin sentir que cada momento de felicidad era una traición hacia Ana. Susana sonrió y murió por la mañana, tranquila, mientras dormía.

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