Susana no lo había necesitado por ser un hombre extraordinario, ni él la había cuidado por una casa o por dinero. Eran dos personas solitarias que se encontraron cuando cada una cargaba un dolor que la otra podía comprender. Él hizo menos solitarias sus últimas semanas; ella logró, en pocos meses, lo que él no había podido en ocho años: convencerlo de que seguir viviendo no significaba olvidar.
La historia de Samuel y Susana: cómo cuidar a una vecina moribunda le devolvió el derecho a vivir